lunes, 25 de enero de 2021

Mareas. Salvador Terceño


 Imagen tomada de la Red

De niño siempre veraneábamos en septiembre, un mes, como solían explicarnos cada año, sin muchedumbres ni calor. Mis padres trabajaban todo el verano y el día uno salíamos a disfrutar nuestra esperada quincena de playa. Éramos muchos hijos y resultaba necesario buscar lugares tranquilos donde gozar del sol y del mar.

Les encantaba plantar la sombrilla muy cerca de la orilla, cuando la marea estaba baja, y esperar a que subiera. En ocasiones, el agua comenzaba a cubrir nuestros pies y a anegar esterillas y bolsos. Mi padre detestaba tener que modificar nuestra posición y, un par de horas después, el agua nos llegaba al ombligo. Según la época y la fase del ciclo lunar, al final de la mañana o de la tarde, nos llegaba al cuello o incluso nos cubría la cabeza.

Perdimos a Juanito en el noventa y tres y a Lucía y Miguel en el noventa y cinco y noventa y seis, respectivamente. Éramos muchos hermanos y ya estábamos acostumbrados.
Lo que nos cogió por sorpresa fue que, en el noventa y ocho, tras bajar una marea crecida, el mar nos devolvió a Lucía, sana y salva. Apareció sentada en su sillita rosa, toda sonriente y cubierta de algas. Tengo hambre, dijo. Y mi madre le dio un bocadillo.

domingo, 24 de enero de 2021

Los que observan. Arantza Portabales Santomé

 


Imagen tomada de la Red


La madre, sigilosa, observa a la niña, que peina con esmero a su muñeca y le cuenta a esta que un monstruo de ojos amarillos vive dentro del armario. La mujer entorna con cuidado la puerta de la habitación y vuelve al salón.
El hombre, sigiloso, observa a su mujer que habla por teléfono con su hermana. Le cuenta que su hija ve monstruos que no existen en el armario.

El hombre, sin hacer ruido, cierra la puerta y coge su móvil para llamar al psiquiatra de su esposa. Le cuenta que esta vuelve a ver a una hija que no existe dentro de la habitación de invitados.

El psiquiatra, sin interrumpirlo, con sigilo, anota en su cuaderno que su paciente vuelve a hablar de una esposa inexistente.

Y usted, lector, sigiloso, cierra la página del libro mientras piensa que ese hombre no existe.

Y yo, a sus espaldas, sigiloso, lo observo a usted.

jueves, 21 de enero de 2021

Despedida. Asún Gárate


Imagen tomada de la Red

Cuando entraron en la cocina lo hallaron balanceándose de la viga. A la luz de los relámpagos sus ojos tan abiertos brillaban desesperados, como si aún no hubiesen alcanzado la calma, y bajo el bigote gris asomaba la lengua derrotada.

La mujer y el muchacho permanecieron quietos, sin darse siquiera la mano, escuchando entre trueno y trueno cómo el crujir de la madera iba acallándose hasta que el cuerpo detuvo su desconsolado vaivén.

Entonces ella se acercó, le quitó los zapatos y se los tendió al hijo: «Póntelos. Ahora eres tú el hombre de la casa». Él obedeció, sintiendo un escalofrío al meter los pies en los zapatos calientes.

La madre cogió del aparador dos platos, dos cucharas, dos vasos. Sin un gesto de cansancio ni un suspiro. «Lo descolgaremos mañana temprano. Luego yo iré a avisar al cura y tú, a la escuela, a despedirte del maestro y los compañeros».

Cenaron envueltos en ese silencio oscuro que dejan las tormentas tras de sí. Aunque el chico apenas probó bocado. No porque le asustara la sombra descalza de la muerte bailando sobre la sopa, sino porque le dolía ya la nostalgia por Anita, sus coletas rubias y sus tímidos besos.

Pegaso. Esteban Dublín


Imagen tomada de la Red



—Mariana, se acerca tu cumpleaños…
—Ya sé, papá….
—¿Qué te gustaría de regalo?
—Un pegaso…
—¿Un pegaso…?
—Sí, papá, un pegaso, ¿los conoces? Son caballos con alas… Se encuentran muy fácil...
—Muy fácil, claro… ¿dónde consigo uno?
—Papá, ¿cómo me preguntas eso? Cualquiera que quiera puede conseguir un pegaso.
—Sí, hija, claro… Me gustaría saber dónde lo viste para poder comprártelo…
—Papá…. ¿pero qué cosas dices? Los pegasos no se compran…
—¿Cómo que no se compran…? Todo se compra, Mariana. Nada es gratis en la vida.
—Los pegasos se imaginan, papá, debes cerrar los ojos, pensar en uno y, luego, tararán… Aparecen.
—Claro, hija, claro… ¿No te gustaría otra cosa? Una muñeca… ¿Una bicicleta, tal vez?
—Papá, yo quiero un pegaso, pero no para mí, sino para ti…
—¿Para mí…?
—Sí, papá, yo ya tengo muchos…
—No, hija, gracias, pero yo no me puedo regalar un pegaso. Los pegasos no existen…
—Eso mismo dicen ellos…
—Dicen quiénes…
—Los pegasos. Dicen que los papás no existen.

miércoles, 20 de enero de 2021

Flechazo. Agustín Martínez Valderrama

 
Imagen tomada de la Red


 Coincidieron en el tercero. Ella tendía la ropa. Él se dejaba caer por el patio de luces.

Notas falsas. Ginés S. Cutillas


 

Imagen tomada de la Red


Eligió la melodía con cuidado. Debía ser lo suficientemente pegadiza e inusual. Al día siguiente, en la oficina, se pasó toda la mañana silbándola al oído de su compañero. Cuando por la noche llegó su mujer a casa tarareándola, se confirmaron sus sospechas.

sábado, 16 de enero de 2021

La carta. Luis Mateo Díez


 

Imagen tomada de la Red


Todas las mañanas llego a la oficina, me siento, enciendo la lámpara, abro el portafolios y, antes de comenzar la tarea diaria, escribo una línea en la larga carta donde, desde hace catorce años, explico minuciosamente las razones de mi suicidio.